Formada en la Escuela de Bellas Artes de Costa Rica, donde obtuvo una licenciatura con énfasis en Pintura y Grabado, y con una maestría en Educación, Ruiz ha construido una práctica que equilibra la rigurosidad del proceso con la necesidad de expresión. En su trabajo, el grabado le permite desplegar metodologías basadas en la repetición, la superposición y el ensayo y error, mientras que la pintura introduce una dimensión más inmediata, intuitiva y gestual. Esta tensión entre estructura y espontaneidad se traduce en superficies densas, cargadas de materia, donde las imágenes parecen emerger y disolverse al mismo tiempo.
Desde sus primeras aproximaciones al dibujo en la infancia, marcadas por una experiencia personal atravesada por la ausencia y la desconexión —particularmente vinculada a la pérdida de memoria de su madre—, su práctica ha funcionado como un archivo emocional y un proceso de reconstrucción. La sensación de no pertenecer del todo, de habitar un espacio íntimo desde la distancia, se manifiesta en la recurrencia de figuras que parecen suspendidas, aisladas o ensimismadas. Estas presencias no se imponen de manera narrativa, sino que operan como umbrales desde los cuales el espectador es invitado a una experiencia de introspección.
Su obra indaga en la fragmentación de la identidad y en la manera en que la memoria se construye, se distorsiona o se pierde con el tiempo. Las imágenes de Ruiz sostienen una tensión constante entre claridad y desfiguración, entre lo visible y lo oculto, proponiendo una reflexión sobre cómo las experiencias personales dejan huellas que, aunque fragmentarias, configuran una dimensión compartida de lo humano. Su trabajo también aborda la dualidad entre cómo nos percibimos y cómo somos percibidos por otros, un tema que adquiere resonancia universal en distintos contextos culturales.
Un aspecto central en su investigación es la noción de lo siniestro en lo cotidiano. Inspirada en el concepto freudiano de lo “unheimlich”, Ruiz explora cómo aquello que resulta inquietante no siempre proviene del exterior, sino que se instala en lo familiar, en lo doméstico, en lo aparentemente inofensivo. En sus obras, la amenaza no se presenta de forma explícita, sino que se integra de manera silenciosa en la imagen, desdibujando los límites entre lo conocido y lo extraño. Así, sus figuras no aparecen como antagonistas, sino como presencias ambiguas que acompañan, reflejando nuestras propias vulnerabilidades, temores y memorias reprimidas.
Su trayectoria incluye más de 35 exposiciones en América Latina, Estados Unidos, Europa y Asia, con presencia en instituciones como el Museo de Arte Costarricense, el MEAM en Barcelona, el Palais de Tokyo en París y el Mosam Art Museum en Corea del Sur. Ha participado en residencias artísticas internacionales en países como Estados Unidos, Argentina, Cuba y Corea del Sur, experiencias que han ampliado su comprensión de los contextos culturales y han nutrido su investigación artística.
El reconocimiento internacional de su trabajo se refleja en múltiples premios y distinciones, entre ellos el galardón a Mejor Artista Extranjera en el Women in Art Prize (Reino Unido), el primer lugar en el Boynes Artist Award, y su selección como finalista en certámenes como el Visual Art Open, ModPortrait (MEAM), Beautiful Bizarre Art Prize y The Almenara Art Prize, entre otros. Estos reconocimientos no solo evidencian la solidez de su práctica, sino también su capacidad de conectar con audiencias diversas a través de un lenguaje visual cargado de sensibilidad y profundidad.
Paralelamente, su formación en educación ha influido en su manera de estructurar y comunicar su trabajo, permitiéndole traducir problemáticas complejas —como la identidad, la memoria o el trauma— en formas visuales accesibles sin perder densidad conceptual. Tanto la enseñanza como la creación operan, en su caso, como herramientas para comprender y compartir experiencias, generando puentes entre lo individual y lo colectivo.
La práctica de Sofía Ruiz se sitúa, en última instancia, en ese territorio donde lo íntimo se vuelve universal. Sus obras no buscan ofrecer respuestas, sino abrir espacios de resonancia en los que el espectador pueda confrontar sus propias emociones y recuerdos. En ese gesto, su trabajo se afirma como un ejercicio continuo de exploración, donde la pintura y el grabado se convierten en medios para pensar —y sentir— la complejidad de habitar el mundo.